Un Crisantemo Escarlata
Desperté en medio de la garúa, la niebla y el insomnio. Habría podido jurar que alguien había estado asfixiándome, pero eran los simples remordimientos que se liberaban preparando el comienzo de un nuevo día para seguir ejecutando su castigo. Abrí la ventana y el gélido Eolo penetró cargado de brisas en la habitación, mientras podía sentir el olor de las cámaras mortuorias que se extendían a cinco cuadrados del lugar en donde yacía yo. El panorama era tan hermoso: el rocío humedeciendo los crisantemos y las enredaderas negras que trepaban la pared mientras dos noctámbulos se deslizaban en sentido contrario; el gigantesco hospital al frente adornado por la niebla, donde se interponía una ciclo vía llena de árboles rojizos... Eso me hizo recordar todo de nuevo, mientras una luna circular me advirtió que ambos cristales habían desaparecido para siempre. Hubiera producido la misma sensación en mí como si la lira hubiera sido apartada de Orfeo, pero todo aquel pánico que siempre había cubierto en escalas de violetas y lienzos grisáceos ahora no era más que una simple añoranza del tiempo en que todavía aquello tenía un significado abstracto, tan hermoso y fúnebre. Pero desde el día en que adquirió personificación, todo volvió a un plano existente y sistemático que me trastornó por el simple hecho de alejarse tanto de mi propia realidad: la utopía.
Junto con la luna llena y el olor a muerte rondando por la avenida me resigné a esperar su llegada. Ellos sabían que yo estaba enterada de su existencia; yo sabía que ellos me conocían. Pero estaba segura que esta vez vendrían por mí. Sin prisa abandoné mi habitación y recorrí entre las diáfanas luces que seguían languideciendo el corredor para dirigirme hacia la ventana de la sala. Todo seguía igual: la atmósfera azul aún rondaba por el cielo cogido de la mano con una niebla densa, mientras los árboles escarlatas rociaban el líquido de las cucardas, y las brisas entonaban un silbido desgarrador. Cogí un abrigo, y la puerta se cerró con un suave crujido mientras yo me encontraba en el balcón, abriendo la reja.
Bajé lentamente las escaleras mientras cada paso resonaba con un eco profundo. Seguí con mi marcha lastimosa dirigiéndome hacia un escondite, mientras los noctámbulos se sentían identificados con aquella llamada que había sido rajada en el cielo con tinta dorada. “¿Es tiempo ya?”. “No” – respondí, al cruzar con uno. La niebla había alcanzado un apogeo único, y era imposible ver un metro más allá de mí, pero no obstante, seguí mi marcha, mientras sentí pasos cercanos a los míos, deduciendo que los noctámbulos los habían sentido finalmente.
Entonces, al escuchar los silbidos agudos provenientes del sur, mi calma se vio frustrada y el pánico se apoderó de mí. Corrí, sin importar que no pudiera ver nada, hacia el brillo oblicuo en medio del mundo gris que estaba esquivando. Corrí, y junto conmigo habían estado corriendo todos, mientras entramos a la Iglesia.
Había una virgen de metal acompañada de un niño lleno de bucles doradas y en medio un cofre carmesí colgado de la pared en donde prendía una llama. Millones de curvas y puntas verticales, que parecían hechas de nieve sostenían la Iglesia con un gesto majestuoso, mientras podía percibir poco a poco los cantos que zumbaban en torno a ella. Sentí que alguien cerraba la puerta firmemente, asegurándola. Éramos seis personas dentro, sin embargo, nos encontrábamos separados, sin hablar. Allí reconocí al joven que me había preguntado si ya era hora, y yo, sin saber por qué, le había respondido que aún no.
Y fue allí cuando, por primera vez nos miramos todos. Escuchamos la marcha silenciosa de aquellos malditos, que venían de nuevo, pero esta vez a realizar el ataque decisivo. Primero escuchamos su dialecto endiablado, y los aullidos, mientras el olor a muerte se incrementaba poco a poco. Silencio. Hubo un silencio mortal, y después de eso, comenzaron los gritos lejanos, hasta que se acercaron tanto que creímos ser nosotros mismos. El pánico me había consumido, mientras los otros se encontraban temblando en las bancas y esquinas, inmóviles, sin saber qué hacer. Los gritos seguían, se alzaban, las imploraciones de ayuda cobraban vida, los pasos de gente corriendo y tratando de escapar me producían una sensación de asfixia. Un niño gritaba, pidiendo ayuda. Y allí fue cuando sentí el sonido de un mordisqueo, el hambre, y la funesta sensación que se los estaban comiendo. Los gritos seguían, las amenazas, las peleas, las luchas, las ansias de sobrevivir, salvarse. Y todos seguían sin hablar.
Luego de horas del suplicio, todo cobró calma. Un silencio mortuorio invadió todo, mientras no nos atrevíamos ni a respirar, sin aún comprender por qué no habían profanado la Iglesia. Sentí que habían transcurrido milenios, hasta que una joven abrió la puerta. Nadie le había dicho nada; nadie era capaz de articular palabra alguna. Abrió la puerta, y un grito aún más desgarrador que todos los que habíamos escuchado salió de su garganta, mientras se tiraba al piso y lloraba frenéticamente. Los demás nos levantamos, y fue una tetricidad que me congeló la sangre mientras caía de rodillas, al descubrir todo yacía teñido de rojo, mientras alguna gente aún respiraba, con signos de batalla y mordidas por todo el cuerpo. Cadáveres descuartizados, huesos roídos, cuerpecillos inertes amontonados en la pileta que se había teñido de rojo. Y en medio de todo, los crisantemos, pisados, destruidos y, al igual que todo, rojos.
Aquella noche hubo luna llena. Y los licántropos habían llegado.

1 Comments:
Pasó por aki tu fan namber guan, cada vez escribes mejor Carla Poe, y pensar que hay tanto blog lleno de pavadas... un besote srta. Seria, usted sabe que me encanta, la extraño y la recuerdo siempre.
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