Orpheus
Lo inmortalicé entre versos, lienzos y cinceles que narraban los sucesos de un Apolo cargando una lira rudimentaria, dirigiéndose hacia el paraíso. Pero nada, nada comparado con las esmeraldas que brotaban entre los valles que atravesaba; el agua transformada en cristal por el resplandor que producían ambas esferas sujetadas por lazos de terciopelo sobre aquellas enredaderas negras. Y en los prados que había ignorado deliberadamente la maleza resurgía con ansias carnívoras, mientras devoraba el pasaje que alguna vez había reproducido el otoño del Olimpo, perfilando tres Artemisas corriendo por los alrededores de un marco jamás profanado.
Tal vez quise convertir su andar encorvado en una marcha silenciosa de gacela; tal vez lo quise ver ¡tan mal! .Y es que en cada arca escarlata puedo ver, o tan sólo imaginar, la caligrafía minuciosa y estirada que comunica incoherencias, y un cofre que contiene todos los colores del mundo con los cuales plasma aquella inconfundible realidad. Y ambas esferas de cristal, las cuales pensé habían desaparecido para siempre, seguían cubriendo nuevamente a las niñas con una elegancia que la misma Minerva envidiaría. Pero desgraciadamente me limitaba a observarlas fingiendo mirar al cielo, y mi atención no acaparaba las demás maravillas que resurgían entrelazadas unas a otras.
Y hay veces en las cuales me pregunto... ¿Orfeo o Apolo?. Y en aquella banca lejana a su imperio, es confundido con andares cabizbajos y sortijas azabaches, pero jamás sustituida su lira. Entre la humedad y la garúa que empapaba las páginas de un libro que pretendía leer, el otoño iba acercándose poco a poco y susurraba en las sortijas que revoloteaban al compás de Eolo. Y uno, o tal vez dos universos de quimeras andantes las cuales confundía con la realidad, iban arrebatándome poco a poco cada zafiro que había escondido en cinco joyeros hechos de sus lágrimas; más el olor de humedad jamás se desprendería de mi memoria; la melodía nunca cesaría de repetir el mismo coro imaginario de ninfas de madera y vírgenes de metal que susurraran al unísono, “¿Mortal o Dios?”.
Y mientras más trato de extirpar cada pequeño retazo de vitral que fragmenté para que nunca fuera destruido, más me percato de que aquellos vidrios matizados en violetas y escarlatas yacen en medio de todo, desangrándome.
Tal vez quise convertir su andar encorvado en una marcha silenciosa de gacela; tal vez lo quise ver ¡tan mal! .Y es que en cada arca escarlata puedo ver, o tan sólo imaginar, la caligrafía minuciosa y estirada que comunica incoherencias, y un cofre que contiene todos los colores del mundo con los cuales plasma aquella inconfundible realidad. Y ambas esferas de cristal, las cuales pensé habían desaparecido para siempre, seguían cubriendo nuevamente a las niñas con una elegancia que la misma Minerva envidiaría. Pero desgraciadamente me limitaba a observarlas fingiendo mirar al cielo, y mi atención no acaparaba las demás maravillas que resurgían entrelazadas unas a otras.
Y hay veces en las cuales me pregunto... ¿Orfeo o Apolo?. Y en aquella banca lejana a su imperio, es confundido con andares cabizbajos y sortijas azabaches, pero jamás sustituida su lira. Entre la humedad y la garúa que empapaba las páginas de un libro que pretendía leer, el otoño iba acercándose poco a poco y susurraba en las sortijas que revoloteaban al compás de Eolo. Y uno, o tal vez dos universos de quimeras andantes las cuales confundía con la realidad, iban arrebatándome poco a poco cada zafiro que había escondido en cinco joyeros hechos de sus lágrimas; más el olor de humedad jamás se desprendería de mi memoria; la melodía nunca cesaría de repetir el mismo coro imaginario de ninfas de madera y vírgenes de metal que susurraran al unísono, “¿Mortal o Dios?”.
Y mientras más trato de extirpar cada pequeño retazo de vitral que fragmenté para que nunca fuera destruido, más me percato de que aquellos vidrios matizados en violetas y escarlatas yacen en medio de todo, desangrándome.

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