13 de junio de 2006

Andróginos

Carla piensa. Agradece mentalmente. Desea cerrar los ojos de nuevo.
Aquellos seres. Los que van más allá de la belleza misma, de manos blancas y labios rojos. Las facciones delicadas y melancólicas, el cabello ondeado, los ojos que miran hacia el norte. ¿Son acaso melodías funestas y tristes que conforman las sinfonías mundanas y orbélicas? ¿O acaso quienes vislumbran el diáfano velo que separa a la fantasía de la demencia?
Nada de eso. Son los enviados de Venus, oí decir.
Carla abre los ojos. Tres encontrados, y un ser con cada pequeña característica de otro.
Busquemos lo inexistente. ¿Qué más da si se confunde la representación con el sucedáneo? ¿Quién podría tomar la devoción a la belleza como bisexualidad? Un vicio aún más grande que la metamorfosis, el desprecio, la decepción. Polvo de estrellas. Pues la Afrodita no es ni fue nunca el recuerdo olvidado de cuatro señores. Venus fue siempre ella. ¿Y qué hacer al descrubrirlo? ¿Admitir el trastorno y pretender que todo sigue igual, que es el culto a la diestra por el género que nos es otorgado? Manía. Necesidad de escribir. No hay musa, no hay Spricht ni Huraño: nunca existió el medio para llegar al fin. Pues lo habíamos alcanzado.
Los labios azules y la sonrisa etérea
que dice, el otoño no tardará en sucumbir.
Mío es el Valle de las Reinas,
mío es el sarcófago de Pigmalión.
Y entonces lloraran las voces eternas
de las praderas y Dianas:
Será tuya la venganza,
más mía la traición.
*Carla se da cuenta de que no sabe nada.

1 Comments:

Blogger r said...

perdon la intromision, me gusta como escribes.

3:03 p. m.  

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