17 de noviembre de 2006

...Los Ojos de Aracne


Observé su mirada. Era como una corriente fría y gélida; como un anochecer oscuro y marchito, fúnebre, desahuciado. Me hubiera gustado permanecer allí por siempre, entre el perfume distante de los duraznos y la visión nebulosa del púrpura azulado volando entre nieblas psicodélicas y mortuorias. ¡Aquellas esferas, azules, grises, monótonas, durmientes, hechizadas! Tan melancólicas como inertes, ejecutando su danza endemoniada entre los millones de colores y las imágenes en movimiento que recreaban la fobia, el miedo, el terror a ser descubierto. Ambos cristales circulares se detuvieron; junto con ellos, la melodía que sonaba en mi interior.

Pagué caro mi error. Permití que la fascinación alguna vez oculta penetrara entre las luces ciegas que sé podía percibir por el tacto infalible de sus manos; las pálidas y majestuosas que evocaban los inmortales tejidos de Aracne. Mis pasos fueron resonando en medio de los gritos de las hojas otoñales que iban quebrándose lentamente, y fue entonces que presentí lo que iría a ocurrir. El rostro de Afrodita, los ojos de Homero; hermosa perpetuidad del placer de la muerte. El llanto, el omnipotente alucinógeno; los lamentos, la droga. Era el cuello de cisne tan dócil y suave, pálido, sutil; antes de que la voz del clamor surgiera de sus labios, me encargaría de cerrarlos para siempre con el movimiento con el que tantas veces había retratado el ideal de ambos luceros, ahora ya encontrados.

El mismo sonido de las hojas rotas se produjo en aquellos instantes sublimes, excelsos. Sin prisa e, invadido por una fuerza de colores, sonidos y esencias, tomé las perlas que protegían la maldición que durante tanto tiempo había ella padecido. Azules, ingrávidos, manchados todos de rosas, prisioneros en los albores de lo grotesco de la belleza; aquellas esferas brillantes, muertas, distantes.

Huirá cual demonio infernal, hilando los acertijos de fantasías envueltas en terciopleo y líneas invisibles, de cristal. Mas en el mirar alguna vez majestuoso y dormido sólo se percibirán los agujeros negros, cubiertos por el rocío de la lluvia escarlata. ¡Aquellos ojos son ahora míos, vil Aracne!

2 Comments:

Blogger Jen said...

nice, parece una descripción casi vampírica

8:15 p. m.  
Blogger cbob said...

mm.

supuestamente quedé fascinada por los ojos de la ciega Aracne, le torcí el cuello; se los saqué y me reí despóticamente de su desgracia.

11:30 p. m.  

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