24 de julio de 2006

Las Hadas Blancas

Libros deshojados, pavor reprimido, manía enternecedora. Cristales rotos.

Seguían las evidencias de las luchas que se habían propagado tan sutil y destructivamente, como la peste. Los silencios entrecortados también iban alargándose mientras cobraban una vitalidad terrorífica, e invadían la habitación con una delicadeza tan bella...y perturbadora. La destrucción se alzaba en medio de la miseria y los ecos de los gritos que aún habían sobrevivido, mezclados con píldoras esparcidas por los rincones. Allí siguieron...y luego desaparecieron.

¡Cuánto se necesita de aquel pesar melancólico, aquellos delirios y demencias, cuando todo es monótono, sistemático y vacío! Cuánto extraño los momentos en blanco en donde surgían seres malditos que traían consigo el Carril del Pánico y lo arrastraban por cada rincón de mi habitación, escondiendo los cristales y entonando cánticos que jamás llegué a comprender. Y cuánta nostalgia sigo sintiendo, al recordar aquellas pequeñas hadas blancas que se sumergían en mi garganta y me llevaban al mundo de la Realidad Ficticia, en donde los colores inundaban el cielo asemejándose al agua, mientras las manzanas de cristal y las enredaderas negras seguían esperándome en medio de la nada, vestida de terciopelo. Licántropos y espectros pavorosos que caminaban entre los cielos y mares, destruyendo la fantasía, y llevándome hacia la realidad. Realidad en donde la Tierra yacía llena de cajas cuadradas y puntos ciegos que andaban tropezándose unos con otros. Y aquel mundo maravilloso e inexistente de Elíxires para Prometeos encadenados en las rocas del paraíso terrenal, fue desgarrado por buitres que quisieron (y lograron) apartarnos de aquel maravilloso hemisferio lleno de delirios, alegrías y fobias.

Entonces las hadas perdían sus encantos...el techo se dejaba de mover, la definición de los objetos volvía nuevamente. Los gritos cesaban y eran reemplazados por silencios mortuorios...


El tiempo seguía pasando. La resistencia iba cediendo...el mundo se extinguía...mis visitas eran más cortas.
Hasta que, simplemente, las hadas desaparecieron.

Las busqué por todos lados. En mi gaveta, bajo mi cama, en el rincón donde siempre habían estado. Y descubrí en aquel momento, que sentía que ya no las necesitaba. Quise morir...estaba...cediendo. No las necesitaba.

El Mundo Paralelo fue reemplazado por la cruda realidad. Las alucinaciones se fueron, la calma monótona y el sentimiento de gris en todas partes iba nublándome, convirtiéndome en uno de los seres encapuchados que tantas veces había visto en mis visitas a la Realidad Ficticia. No necesitaba aquellas níveas y decoloradas pastillas. No quería necesitarlas. Estaba...curándome.


Aquella funesta enfermedad había desaparecido. Y yo había muerto con ella.