Lilio

Cristo habrá allí de dormir. Los purpúreos atardeceres la arcaica diadema enardecen, cual ominosa cúspide dorada que a la consagración del imperio yació forjada. Ante el devoto brillo que a los hombres otorgó Flora los dominios languidecen y las doncellas bajo los añiles espejos lloran; muerta está la Primavera.
Los desiertos infecundos y solemnes en carro de Helios sobrevuelan. De los distantes cascabeles el sonido torna en una amargura eterna de rencor y olvido. Los delirios del Tártaro la añil atmósfera a dorada transforman y su vida adormecen. Es entonces que, exquisito y cruel, el polvo de arena entre la apatía se confunde; cadavérico y ruin, el Verano se aproxima.
Del metálico, hueco, grave clavecín la tenebridad infecta; el escarlata entre el esplendor de la miseria reina. Magnas, cerúleas, la melancólica galaxia ha recreado penurias de, por el llanto ingrávido y placentero entre los astros, las hojas rotas. Cristales. Del Eterno la inmaculada pulcritud y el abismo rojo; funesto lacrimal, distante Otoño.
Cayendo va la garúa por de las luces ciegas la infernal obra. Altiva y soberbia, de negros vestidos, la Crueldad sonríe; sabe que todo lo domina. Con los voraces jazmines, sigiloso e infame, el perfume de muerte se confunde. Los grises rostros con el manto de hilo rosáceo envuelve; ha llegado ya el Invierno.

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