Lucia
( De "Ego sum Lux" )
Bella mujer de luciérnagas negras; excelsa ave de la perdición de Darío. El torso de cisne puro e inmaculado y su cabello –liso, sombrío y siempre envuelto en brisas que nunca osarían resquebrajarlo- morando entre las deidades romanas. Fuiste tú la impávida, la solemne, la triste, la alegre de cuanta poesía recité en las mañanas de invierno bajo el sonido de la garúa ya perdida y el sol que iba tras los vaporosos y difusos nimbos que jamás lograron lastimarte. Así la encontré, recorriendo los pueblos en ruinas con aquel traje diáfano y resplandeciente, buscando quién sabe qué encantamiento sideral ante la sonrisa onírica, la expresión sosegada y exquisita, los dominios interlunares de una princesa lejana.
Bella doncella; virgen serena de cabellos largos y caídos, glacial mujer perdida. Tuyas fueron las melodías de los violoncelos, ásperas y tristes; tuya fue la lírica, la perdición y la ataraxia. Es el aura rosa que transmite, la quietud serena de la entereza y el emblema de las manos por siempre cogidas. Atardeceres rojizos, nubes de diamantina, silencio, ojos negros y por siempre fríos, dama romana: apatía consumida. Es su lecho el eternamente límpido y pulcro, el de sábanas blancas y jamás mancilladas; es su cruda mirada, la emancipación de los placeres victorianos, su cabello dos veces recogido, su fugaz resplandor.
Bella doncella; virgen serena de cabellos largos y caídos, glacial mujer perdida. Tuyas fueron las melodías de los violoncelos, ásperas y tristes; tuya fue la lírica, la perdición y la ataraxia. Es el aura rosa que transmite, la quietud serena de la entereza y el emblema de las manos por siempre cogidas. Atardeceres rojizos, nubes de diamantina, silencio, ojos negros y por siempre fríos, dama romana: apatía consumida. Es su lecho el eternamente límpido y pulcro, el de sábanas blancas y jamás mancilladas; es su cruda mirada, la emancipación de los placeres victorianos, su cabello dos veces recogido, su fugaz resplandor.
Fuiste hallada entre dos de los sesenta atardeceres que grabé con tu nombre. De ti solo quedan las cenizas y las sábanas blancas, pues era designio inmortal que así desaparecieras. Lucia, mujer y doncella, la eterna sosegada, ¡congoja y olvido! Altiva y solemne emperatriz del Tártaro Blanco, ojos negros cual luciérnaga resplandeciente. Y de nuevo… Silencio.


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