7 de agosto de 2006

la.obra

CUADRO IV


En la escena se encuentra un muro enorme del cual cuelgan bougainvilleas. Gabriel se apoya en él y luego de instantes se sienta en el pasto.

LEONARDO (mirando hacia el cielo) .- Hermoso ¿cierto?

Gabriel, inclinado hacia la derecha, se pone de pie sobresaltado. Ante él se encuentra un joven extremadamente apuesto de ojos brillantes y mirada melancólica.

GABRIEL.- No sabía que hubiera alguien más.
LEONARDO (con gesto amable).- Suelo venir a observar el amanecer.
GABRIEL.- Yo también lo hago. En especial cuando… (mirando hacia el suelo) Cuando necesito algo de tranquilidad.
LEONARDO (mirándolo a los ojos).- Ya veo.
(Pausa)
GABRIEL.- ¿Y qué haces tú aquí?
LEONARDO.- Vine a observar el amanecer.
GABRIEL (sonrojándose).- Es cierto. Lo olvidé; acabas de decírmelo.
LEONARDO (sonriendo).- El amanecer representa el infinito.
GABRIEL (mirando a Leonardo fijamente).- Es cierto. Una de las tantas representaciones de la Belleza, aquella caprichosa y sublime hermana de la diosa Fortuna.
LEONARDO.- ¿Eres tú Gabriel, hijo de Ana y Felipe, el que camina por las noches junto a una joven pelirroja?
GABRIEL (sorprendido).- Lo soy. Ana y Felipe mis padres fueron. Mas ¿cómo sabes que camino junto a Luci después del atardecer?
LEONARDO.- En las noches observo detenidamente las estrellas. Las hay luminosas y opacas; soberbias y tristes. Sin embargo, siempre he me ha cautivado la belleza y majestuosidad de una: la melancólica y apasionada que convive junto a un ser que no hace más que empequeñecer su grandeza. Aquella va envuelta entre designios inmortales que idealicé ante las musas griegas; entre los Apolos eternos e infelices Orfeos.
GABRIEL (con desdén).- Apolo siempre me pareció un ser bizarro y mezquino. Soberbio, hermoso y cruel; excelso y mundano, tal como lo fueron todos los del Olimpo.
LEONARDO.- Jamás subestimes la fortaleza de la arrogancia ni oses tornarla en debilidad, Gabriel.
GABRIEL (luego de desviar la mirada).- ¿Cuál es tu nombre?
LEONARDO.- Leonardo. (Cambiando de tono) Dime ¿qué mal ensombrece tu semblante?
GABRIEL (sorprendido).- ¿Mal?
LEONARDO (con voz serena).- Tristeza.
GABRIEL (ofuscado).- No lo es. Es… es desasosiego, confusión, añoranza. (Mirándolo a los ojos) No creo que comprendas.
LEONARDO.- La debilidad humana radica en la importancia que se le concede al dolor.
GABRIEL (atónito).- ¿Cómo puedes pensar eso? El dolor es uno de los sentimientos más sublimes que repercute en la esencia del ser. A él se lo expresa en el arte; allí se lo encuentra y transforma en belleza.
LEONARDO (mirando al cielo).- Desde el primer instante en que vi aquel brillo verdoso en tus ojos supe que indudablemente estaría tratando con un soñador. Un idealista melancólico; un rastro cándido y puro que transfigura y representa. (Mirándolo a los ojos) Admiro la percepción de ensueño de los de tu estirpe, tanto así como las ruinas de los realistas, el dilema de los estoicos y la vulnerabilidad de los románticos. Para mí todo es un complemento que, sintetizado y forjado armoniosamente, va alcanzando poco a poco la verdad. ¿Y qué es el dolor? Una espada. Una espada que a algunos hace poderosos y a otros inevitablemente despedaza.
(Pausa)
GABRIEL.- Lógica maquiavélica, realidad infructuosa. ¿Dónde se encuentra el color, la belleza, la armonía, el encanto?
LEONARDO.- En tus ojos, Gabriel. En tus ojos.
TELON
*Primer Acto; Cuadro Cuarto de la obra que aún no tiene nombre. Es la parte que más me gusta; aunque tal vez hay demasiado del romanticismo y poco del modernismo, cosa que no quería que ocurriera.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Leí tu obra.
Hermosa.
No sé qué más decir...Creo que la imaginé tan bien...
Es interesante cómo esribes, Carla.
Eres tan culta e interesante! Escribes precioso, realmente...



Javiera.

12:58 a. m.  
Blogger cbob said...

Precisamente eso!

8:53 p. m.  

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