15 de setiembre de 2006

La Casa Gris


-¿Qué son aquellos ruidos?

María nunca permanecido hasta tan tarde en mi casa. Lo más probable era que se quedara a pasar la noche. Fue precisamente por eso que se extrañó al oír los ruidos que provenían aparentemente de la ventana. No me quedó más que sonreír de una manera irónica y compasiva, observando su preocupado semblante. Tal vez el ambiente contribuía demasiado a aquellas bromas crueles y sádicas que nos juega la imaginación en los momentos de angustia; humedad y niebla espesa que absorvía la realidad, cubriendo como con una capa a las resplandecientes bougainvilleas.

Al asomarse a la izquierda en la ventana de mi habitación aún se puede ver perfectamente la ciclo vía, cubierta de árboles y uno que otro faro resplandeciendo lánguidamente. El hospital imponente en ese entonces yacía oculto por efecto de la neblina, y a lo lejos se percibían luces. No había ningún carro en las dos pistas de sentido contrario que se encuentran paralelamente interceptadas por la ciclo vía, y podía sentir aquel viento suave y gélido que corría haciendo danzar a las hojas. Pero, antaño pude haber visto a la gran casa de al frente. Estuvo allí incluso antes de que yo naciera, como una quimera inexistente que toma la representación de algo tétrico e impío. Había algo en los rasgos curvilíneos y elevados de aquella mansión que me hacía pensar en paganos, ritos y adoraciones. Meras coincidencias; sólo imaginación. Era ella enorme, con un pequeño cerco y jardines largos y marchitos. La casa se encontraba completamente deshabitada, dueña de un aspecto siniestro y como maldito. Desde mi ventana se podía ver un balcón, cuya ventana no traslucía nada, con un cartel inclinado y antiguo que decía “Se Vende”. La puerta principal era de un color rojo, oscuro y antiguo, con adornos bellos y tristes. Alrededor del cerco sólo había tierra, y unos eucaliptos sombríos, casi negros por falta de agua.

Aquella mansión tuvo parte en mis juegos de infancia. A veces nos escondíamos tras el cerco, con aquella singular negligencia característica de los niños, y esperábamos allí bastante tiempo a que otros nos encontraran. Oí incluso que había una piscina. Y esas cosas me hicieron el tener unas terribles ansias de entrar allí. Hasta que al final lo conseguí; y no podré referir una mejor visión, tan bella y perturbada, como la que tuve en ese entonces, siendo aún niña: un vestíbulo amplio, con una majestuosa escalera de caracol y unos huecos en donde me dijeron alguna vez hubo vitrales, con el piso de madera completamente carcomido, y todo en general sumido en un estado de completo abandono. Incluso habían algunas plantas que habían crecido a modo de enredaderas. El silencio mortuorio que invadía cada rincón, y convertía un paso en sonidos de arena y madera rota.


María siguió haciéndome aquella pregunta. Por un momento perdí la razón, y al escuchar su insistente tono de voz, no me quedó nada más que explicarle que, efectivamente, había oído algo. Por mi ventana (que daba directamente al balcón) venían unos ruidos que al parecer eran lamentos y gemidos, como voces totalmente incomprensibles. Eran sonidos lánguidos y prolongados que sólo se escuchaban en las noches de invierno, en donde el silencio es completamente puro y no se percibe nada más. ¿Será eso? ¿O tal vez que no quise escucharlos en otro tiempo?

“Mientes”, me dijo, con una sonrisa entre temblorosa y de miedo. Me encogí de hombros, y seguí escribiendo. Ella me cogió de la manga de la bata, y me siguió diciendo que le contara la verdad. Ya lo hice, le dije. “Son tonterías. No esperarás que crea que allí, en esa casucha, penan”, susurró. La miré. Y, nuevamente, seguí escribiendo.


Así fue aproximadamente hasta que tuve once años. De pronto, adquirió comprador, y se quedaron tres personas a cuidarla: una señora, su esposo, y su hija. Pero ellos no durmieron jamás en la casa, sino en un apartado que se encontraba fuera de ella. Lo más curioso era que no querían decir por qué. Yo no creí que la fueran a derrumbar, y cada vez que podía, la contemplaba. Una noche llegué del taller de guitarra al que asistía. Habían llegado camiones y personas, dispuestos a demolerla. Fue en el verano. Las personas se encontraban alrededor de la casa sin saber qué hacer, y cuando se comenzó la demolición oí un grito de mujer demasiado agudo que paralizó a todos. Creyeron que había una chica allí dentro, pero no: no había nadie.

Han pasado tres años desde entonces. Si alguna vez el lector va por la avenida *, frente al * enorme, y ve un edificio * de aproximadamente * pisos en *, sabrá que allí estuvo la casa cuya historia refiero ahora.

------------------
*= suprimido