2 de agosto de 2006

El Jazmín de Magdala

El atardecer se aproximaba. Los perfumes distantes navegaban el ambiente y despeinaban los cabellos de las mujeres que caminaban presurosas, escondidas bajo los ropajes grises y cremas. El joven esbelto de mirada triste aún recorría circularmente los paisajes arenosos, deteniéndose en pocas ocasiones para aspirar el aroma de las flores. Alto, delicado, bello y misericordioso, iba cogiéndose los ondeados cabellos y las ropas oscuras esperando oír su nombre pronunciado por la voz cándida e indiferente; la bendita, la crepuscular, la impávida y serena que interrumpía sus sueños y lo dominaba lentamente.

Las ansias iban incrementándose poco a poco. El temor de encontrar aquel mirar dulce y sutil, aquellos ojos almendrados, era tan feroz; tan impío, cruel y maldito. Y de pronto sintió los pasos en la arena: las pisadas sigilosas y ruines de la Eva y su serpiente.
- ¿Qué haces aquí?

El joven la miró. Cubierto su rostro; sabía que su pecado rondaba aún por el cielo. Sus ojos eran negros, y despiadados sólo con él. Su cabello también yacía oculto, ¡aquel cabello por el que tanto habrían suspirado los reyes de antaño! Mujer de generoso vientre y jazmines marchitos, mujer de infinita virtud y sublime devoción; mirada de víbora, de perfidia y dolor. Cómo la había visto él, reconfortada por la piedad del Maestro, con sus brazos alzados y la esperanza traicionada por sus ojos.

Ella le volvió la espalda y regresó. Estaba él dispuesto a hacer lo mismo, cuando de entre las brisas y el olor de los hastiados jazmines surgió el clamor de la voz omnipotente.
- Juan ¡Juan!

Sintió que su corazón volaba como encantado. Pudo sentir su palpitar, frío y distante, al compás de los pasos lentos y suaves que se iban aproximando hacia él. La mujer abandonó todo rastro de enojo y, sonriendo levemente, se dirigió hacia el hombre de aura dorada que iba caminando; aquel de castaño cabello y mirar dulce y glacial. Juan bajó la mirada y pudo comprenderlo todo. El rubor escarlata desapareció de sus mejillas y, con gesto enérgico, levantó la sombra de sus ojos y se unió a aquel que por siempre amó con devoción serena e imperturbable, sólo dominado por la voz grave y triste que volvió a pronunciar su nombre con una sonrisa en los labios rojos y radiantes.


Juan volvió el rostro momentáneamente. En el lugar donde se encontraba la mujer pudo ver la sombra del bello Lucifer, que se introducía en ella y adquiría el brillo maligno en sus ojos antiguamente negros; el esplendor de los condenados.

1 Comments:

Blogger Jave said...

Hola. Hace resto que no entro, muy poético tu post.

Quería saber si algún día, podemos hablar por msn, Será que puedo agregarte???, mi msn no es el que aparece en el blog, así que me dejas un mensaje si algo.

Saludos desde Colombia.

9:52 p. m.  

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